Desmoralizar a un pueblo es un arma muy poderosa. Más de lo que nos podemos imaginar. Mostrar nuestras miserias, nuestra podredumbre, no deja lugar para ver que tenemos salvación, que hay materia prima sana para desde ahí salir adelante. Con el desaliento se piensa: Para qué voy a ir a votar si son todos iguales. De qué sirve si hace 60 años que estamos mal. Total para qué- Es como el adicto, la mujer golpeada, CÓMO SALIR?. De nada ayuda que te digan que sos una piltrafa, que tu vida no vale nada, que nadie te quiere. Sin embargo como país lo escuchamos a diario.
Hace 80 años, José Ortega y Gasset alentaba a los argentinos a dejarse “de cuestiones previas personales, de suspicacias, de narcisismos. No presumen ustedes el brinco magnífico que dará este país el día que sus hombres se resuelvan de una vez, bravamente,a abrirse el pecho a las cosas, a ocuparse y preocuparse de ellas directamente y sin más, en vez de vivir a la defensiva, de tener trabadas y paralizadas sus potencias espirituales, su curiosidad, su perspicacia, su claridad mental secuestradas por los complejos de lo personal”. Alguien tomó esos complejos y los utilizó para USO PERSONAL.
FORMAS DE MANIPULACIÓN PERVERSAS. Argentinos a sus cosas
Entramos en una "guerra civil cultural" donde las armas SON LAS PALABRAS, donde todo se pone en cuestión: sexo, familia, la vida, el aborto, el feminismo, "Una guerra civil cultural” que separa amigos y que hace que dejen de hablarse, , “por culpa de unos políticos que están haciendo su negocio” diría Pérez Reverte
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23 jul 2023
Desmoralizar a un pueblo es un arma muy poderosa.
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Etiquetas: Arturo Pérez Reverte, desmoralizar, Ortega y Gasset
20 may 2020
No se puede huir del miedo, te alcanza.
A diferencia de otros intelectuales de habla alemana como los Mann o Joseph Roth –autor de la extraordinaria La marcha Radetzky–, Stefan Zweig quiso mantenerse al margen. Creyó al principio que la tormenta totalitaria sobre Europa era pasajera y que pronto volvería todo a la normalidad. A su normalidad cómoda, educada y elegante. Por eso eludía comprometerse. La polémica no es la forma de expresar mis convicciones, escribió. Su voz ni siquiera se alzó para denunciar los crímenes nazis ni defender a los otros judíos que iban a los campos de exterminio. Se quitó de en medio, huyó a Inglaterra, de donde también puso pies en polvorosa cuando la guerra llegó allí. Y mientras otros escribían artículos o daban conferencias denunciando el horror en el que Europa se sumía, él pretendió mirar desde lejos, creyendo que el dandi mundano que había sido sobreviviría, mano sobre mano, a la tragedia en marcha.
Esa irrealidad de emboscado, de pacifista naif, le duró poco. La entrada de Estados Unidos en guerra, la caída de Singapur en manos japonesas, le hicieron comprender que en ningún lugar estaría a salvo. Y ya era tarde para unirse a los intelectuales antinazis que llevaban tiempo batallando en el exilio. Sus libros estaban prohibidos en la Europa ocupada, su paraíso confortable no existía, y creyó que un futuro mejor, si llegaba, tardaría en manifestarse. Lo dijo en una carta a sus amigos: Cuanto hice se reduce a la nada. Europa, nuestra patria, está devastada para un tiempo que se extenderá más allá de nuestras vidas. Así que en 1942, junto a su joven esposa, tomó una sobredosis de Veronal y salió de escena para siempre. Fue Thomas Mann, el autor de La montaña mágica, quien le dedicó este duro epitafio: No tenía conciencia de su deber hacia sus compañeros de infortunio en el mundo entero, para quienes el exilio fue mucho más duro que para él, famoso, adulado y libre de toda preocupación material.
Nos quedan sus libros, dice Pérez Reverte, por fortuna. Uno de ellos, el último, es el extraordinario El mundo de ayer, adiós melancólico a una Europa deshecha ante sus ojos asustados e impotentes. Y es de aconsejable lectura por muchas razones: una es la gran calidad literaria; otra, su dolorido adiós a una geografía histórica y cultural, vieja república de las artes y las letras, humanidad kantiana reconciliada en el amor de lo bello y lo justo. El testamento de un hombre de extraordinario talento derrotado por sí mismo, para quien la vida fue un privilegio; y ese mismo privilegio, unido a un carácter débil, lo incapacitó para gritar y luchar. Por eso El mundo de ayer de Stefan Zweig no es realmente el final de un mundo. Es el final de su mundo. El testamento conmovedor, pese a todo, de un hombre que murió sin pelear mientras otros sí lo hacían.”
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Etiquetas: Arturo Pérez Reverte, miedo, Stefan Zweig
30 sept 2013
Hijos de la misma madre.
Habla un español, Arturo Pérez Reverte, pero observen las similitudes de problemas con el nuestro. Les dejo al pie el link para que puedan leer el artículo completo. Vale la pena.
Al principio habla de lo que no se suele hablar. Nos da con un hacha a los votantes, supongo que no sólo de España. Habla de: la desconfianza que siento hacia nosotros los gobernados: sin víctimas fáciles no hay verdugos impunes. Siempre sostuve, porque así me lo dijeron de niño, que los únicos antídotos contra la estupidez y la barbarie son la educación y la cultura. Que, incluso con urnas, nunca hay democracia sin votantes cultos y lúcidos. Y que los pueblos analfabetos nunca serán libres, pues su ignorancia y su abulia política los convierten en borregos propicios a cualquier esquilador astuto, a cualquier lobo hambriento, a cualquier manipulador malvado. También en torpes animales peligrosos para sí mismos. En lamentables suicidas sociales.
Pero el otro problema que parece estar también en el ADN argentino (hijos de la misma madre)es de dónde viene esa vileza, esa ansia de ver al adversario no vencido o convencido, sino exterminado. La falta de cultura no basta para explicarlo, pues otros pueblos tan incultos y maleducados como nosotros se respetan a sí mismos. Quizá esa Historia que casi nadie enseña en los colegios pueda explicarlo: ocho siglos de moros y cristianos, el peso de la Inquisición con sus delaciones y envidias, la infame calidad moral de reyes y gobernantes. Pero no estoy seguro. Esa saña que lo mismo se manifiesta en una discusión política que entre cuñados y hermanos en una cena de Navidad es tan española, tan nuestra, que me pregunto quién nos metió en la sangre su cochina simiente. Desde ese punto de vista, el español es por naturaleza un perfecto hijo de puta. Por eso necesitamos tanto lo que no tenemos: gobernantes lúcidos, sabios sin complejos que hablen a los españoles mirándonos a los ojos, sin mentir sobre nuestra naturaleza y asumiendo el coste político que eso significa. Dispuestos a decir: «Preparemos al niño español para que se defienda de sí mismo. Eduquémoslo para que conviva con el hijo de puta que siglos de reyes, obispos, mediocridad, envidia, corrupción, violencia, injusticia, le metieron dentro».
Parafraseándolo: Preparemos al niño argentino para que se defienda de sí mismo. Eduquémoslo para que conviva con el enano fascista que siglos de corruptos, mediocridad, envidia, violencia, injusticia, le metieron adentro. Educando al soberano, diariamente.
http://www.perezreverte.com/articulo/patentes-corso/774/conmigo-o-contra-mi/
Disculpas por la mala onda ´pero como dice Boris Cyrulnik (psiquiatra)"Hay que darle un significado a la desgracia. Si no lo entiendo, no puedo reaccionar y estoy sometido al malestar. Si mi mundo vuelve a ser coherente, si le doy un sentido, tengo una estrategia para volver a vivir." Y tenemos que encontrar la forma de salir de tanta corrupción y locura.
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Stella Maris Coniglio
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Etiquetas: ADN español y argentino., Arturo Pérez Reverte
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