14 sep. 2019

La "dejada" de preadolescentes en un bosque


AUSTERLITZ, Países Bajos — Poco después de las 22, una noche reciente, un auto se detuvo al borde del bosque. La puerta se abrió para depositar a tres adolescentes: niños rubios de 12 y 15 años, y una chica de 12 años con trenzas oscuras. Luego el conductor puso el auto en marcha y se alejó a toda velocidad.
Eran figuras diminutas al pie del bosque, a kilómetros del campamento de verano al que asistían, con sólo un GPS rudimentario para indicarles la dirección correcta. Caía la noche. Y estaban solos. Comenzaron a curiosear: ¿Era éste el camino? “Podría ser”, dijo Thomas, el líder del equipo, de 12 años.
Y entonces se adentraron en el bosque.
Esta es la tradición holandesa de los scouts conocida como una “dejada”, en la que grupos de chicos, por lo general preadolescentes, son depositados en un bosque con el objetivo de que encuentren su camino de regreso a la base. La intención es que sea todo un reto, y con frecuencia no es hasta las 2 o 3 que regresan tambaleantes.
En algunas variaciones del reto, los adultos siguen a los niños, pero no los guían, aunque pueden dejar notas enigmáticas como pistas. Para hacerlo más difícil, los organizadores pueden incluso vendar los ojos de los chicos camino a la dejada, o conducir en círculos para desorientarlos. A veces, se esconden en la maleza y hacen ruidos como de jabalí.
Si le parece una locura, es porque usted no es holandés. Los holandeses viven la infancia de manera diferente. A los niños se les enseña a no depender demasiado de los adultos; a los adultos se les enseña a permitir que los niños resuelvan sus propios problemas. Las dejadas llevan estos principios al extremo, con la idea de que incluso para los niños que están cansados, hambrientos y desorientados, es emocionante estar a cargo. Muchos adultos recuerdan sus dejadas con cariño.

Los niños de la dejada en Austerlitz entraron al bosque, donde la tierra emanaba un olor a agujas de pino. Una media luna había aparecido en el cielo. Durante unos minutos, se escucharon autos en una carretera, pero luego el bosque se cerró.
Esa noche fue la primera dejada de Stijn Jongewaard, un niño de 11 años que decía haber aprendido inglés con los videojuegos de Minecraft y “Hawaii Five-O”. En casa, pasa gran parte de su tiempo frente a su PlayStation. Esta es una de las razones por las que sus padres lo enviaron al campamento.
Su madre, Tamara, dijo que había llegado el momento de que asumiera una mayor responsabilidad, y que la dejada era un paso en esa dirección. “Stijn tiene 11 años”, dijo. “La ventana de tiempo en la que podemos enseñarle se está cerrando. Va a comenzar la adolescencia, y luego tomará decisiones por sí mismo”.
Después de caminar durante media hora, el grupo dejó el sendero y se adentró en el bosque, para luego detenerse, conversar unos minutos y dar marcha atrás al sendero. A 10 metros de él, un enorme cuerpo saltó detrás de las hojas, y los niños se sobresaltaron. Era un venado.
Las dejadas son una parte tan normal de la infancia holandesa que a muchos les sorprende que se les pregunte al respecto, suponiendo que es común en todos los países.
Pero Pia de Jong, una novelista holandesa que crió a sus hijos en Nueva Jersey, dijo que reflejaba algo particular de la filosofía de la crianza en los Países Bajos: “Simplemente dejas caer a tus hijos al mundo. Claro, asegúrate de que no mueran, pero fuera de eso, tienen que encontrar su propio camino”.
Sin embargo, De Jong, de 58 años, ha comenzado a cuestionar si las dejadas son tan divertidas. “Imagina que estás perdido y no tienes idea de adónde ir”, dijo. “Podrían ser 10 horas, podría ser toda la noche, no lo sabes”. Hizo una pausa. “En realidad, no creo que sea bueno hacerle eso a los chicos”, dijo.
En 2011 y 2014, hubo niños que murieron atropellados por autos mientras caminaban junto a las rutas. Desde entonces, la práctica se ha regulado más. Los niños llevan un teléfono celular en caso de emergencia, y la asociación de scouts exige que los participantes usen chalecos de alta visibilidad y distribuye una lista de reglas.
Los líderes scout de la dejada reciente, mirando fijamente las brasas de su fogata, murmuraban sobre el creciente papeleo. “La sociedad está cambiando”, dijo Oudega. “Es un milagro que nos permitan hacer una fogata”. Pero la experiencia central de la dejada, agregó, no ha cambiado.
Realmente es valerte por ti mismo”, dijo.
A la 1, Stijn y los demás ya llevaban tres horas caminando. Iban a paso lento por una calle pavimentada en fila india, demasiado cansados para charlar. Pasaron 15 minutos, luego otros 15, y no había señal de que estuvieran cerca de su campamento. “Mi cerebro está cansado. Mis pies están cansados”, dijo Stijn.
Un niño había pedido que lo recogieran a la mitad del trayecto, y eso pareció hacer que el resto estuviera más decidido a terminar. “Yo voy a seguir”, observó Stijn. “No sé por qué, pero voy a seguir”.
Eran casi las 2 cuando dieron con el campamento. Había una fogata, y salchichas hervidas metidas en panes suaves. Los scouts devoraron la comida y luego se dejaron caer en sus carpas.
Cuando Stijn apareció a la mañana siguiente, se consideraba un veterano. Ya no extrañaba su PlayStation. Y dijo que algún día, cuando tenga hijos, quiere que experimenten una dejada.
Te enseña, incluso en tiempos muy difíciles, a seguir caminando, a continuar”, dijo.
Nunca había tenido que hacer eso antes”.
© 2019 The New York Times

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