8 abr. 2021

Estamos todos en el Mentidero

 
En Madrid, hay una placa conmemorativa donde se reunían en el siglo XIX comerciantes, intelectuales, escritores, políticos de café, periodistas, empresarios y se hablaba y se hablaba. Ese lugar,  tiene un nombre, Mentidero de representantes: un sitio donde se hablaba pero sin demasiada deferencia por la verdad, un lugar donde se iba a mentir.

Naturalmente, el que no se oculte esta falsedad sino que se reconozca, es más, se proclame, puede tener la función de un exorcismo, puede ser el truco para hacerse con una patente de sinceridad denunciando lo falso.

Si todos saben que mienten
—y lo reconocen—(como cuando jugamos al truco) cabe figurarse que no hay engaño, porque nadie se ve inducido a fiarse de la buena fe de los demás. En realidad el jueguecillo no redime en modo alguno al embuste,

Los que mienten, dice el nombre en la placa, son sobre todo "los representantes", todo aquel que se arroga representar algo(poco importa si una empresa, una ideología, una institución) y por tanto va y habla -presume, pretende hablar-no por él, sino por alguien o alguna cosa.

En ese mentidero nos encontramos más o menos todos. Intentamos valernos como podemos entre las mentiras que fluctúan y estallan sin tragedias, como pompas de jabón.

La verdad puede ser dolorosa, como un nervio que duele y ha de ser adormecido. La verdad decía Gracián puede ser peligrosa. 

Extraído del texto de Claudio Magris,  "En el Mentidero"

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