28 may. 2017

El raro despertar de una vocación.


Abel Albino, un médico que merece nuestra admiración y respeto, que instaló en el país 86 centros de desnutrición infantil y es modelo en otros países del mundo. Un grande. Nos cuenta una forma rara del despertar de una vocación.
Hijo de un hombre, de un industrial que en invierno se asomaba en cuero por la ventana y gritaba: “Vengan a mí, neumonías”. Y una mamá que renegaba del pequeño Abel, inquieto, hiperquinético: “Sos el tábano que me mandó Dios para mantenerme despierta”.
Nació en 1946. La educación era otra. Los hijos podían ser castigados con golpes por los padres. Un día se le ocurre dejar Medicina para dedicarse a vendedor de autos.  Pero cuando lo dijo en voz alta, el padre se sacó el reloj, los anteojos, y lo corrió por toda la manzana, para “convencerlo” de que no abandonara Medicina. Las mujeres del barrio le gritaban: “Corré, nene, corré”. Y la mamá rezaba.
El papá nunca llegó a alcanzarlo, pero desde entonces le marcó el paso.
En las noches siguientes, el hombre se asomaba a su cuarto, libraco en mano, y le preguntaba: “¿Necesitás otro cursillo de orientación vocacional?”.
Se cruzó con Sabín, con Agote, con Favaloro. A Albino le faltaba cruzarse con la historia de un cuarto referente de la medicina, el chileno Fernando Mönckeberg, 20 años mayor que él, dueño de una receta que perseguía la ilusión de quebrar la mortalidad infantil por desnutrición. Albino lo escuchó apenas una hora y media. Y se convirtió en su discípulo.
Les recomiendo la nota completa, léanla ACA.
Interesante lo que cuenta relativo a la visita de Sabín y Pelé a Tucumán en 1966 donde un jugador de fútbol llamaba más la atención que un benefactor de la Humanidad. Nada raro, por supuesto (sic).

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