18 oct. 2016

El poder es una ficción de dos.


El poder: para que haya quien lo tenga debe existir quien lo crea; el poder es, también, una ficción compartida, lo ejerce quien dice que lo detenta, pero se completa con el que obedece sin más. Ese pacto de fe –el que permite que el poder “sea”– es vulnerable: puede agrietarlo la desobediencia, la ficción de un contrapoder que lo cuestione, o –aunque suene increíble– la risa. 
El poder se muestra solemne y no sabe cómo combatir el ridículo; la risa lo desarma porque destruye el respeto reverencial que necesita para funcionar. Nadie obedecería a alguien que se toma a broma. 
No hemos inventado nada: la sátira nació en Grecia con Semónides de Amorgos, Arquiloco de Paros y Aristófanes. Ya entonces contenía la reducción al ridículo, la exageración, la yuxtaposición y la parodia. Desde la Edad Media el género se cultivó en España con el Arcipreste de Hita y Francisco Quevedo, entre otros. Quevedo fue quien, para ganar una apuesta, le dijo “renga” a la reina Isabel (esposa de Felipe IV): fue al palacio con sus mejores galas y con dos flores, una rosa y un clavel. Le entregó las flores diciéndole: “Entre el clavel y la rosa, su majestad es-coja”.

Hasta acá la Fuente con su cuota de verdad según la circunstancia.

Vivimos el problema de un poder violento, cuando muchos no queríamos compartir la ficción, y se manifiestó  ficcionalizando también la ley y la justicia que teníamos que obedecer a pesar nuestro. Cuando se ejerce coacción. no hay broma que lo desarme. 
Siento que de lo que tendremos que cuidarnos es que no nos condicionen todavía como contrapoder porque a pesar de no participar de la ficción nos sigue manipulando a través  del poder que condicionan.

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