13 oct. 2012

1851 Rosario recibe al Sarmiento "boletinero"

Corría el año 1851, cuando se desarrolló la campaña del Gral. Urquiza contra la tiranía de Rosas. Sus tropas denominadas "Ejército Grande" procedente de Diamante estableció su campamento en El Espinillo, cerca de Rosario en las inmediaciones del actual Granadero Baigorria.

Urquiza puso a Sarmiento a cargo del Boletín del Ejército Grande de Sudamérica, prensa, manifiestos, propaganda etc. en su jerarquía de teniente coronel, función por primera vez realizada en la historia militar del país, tarea que además de las inherentes al servicio influía con sus escritos sobre la moral del enemigo fortaleciendo a su vez el temple de los hombres que defendían la libertad..Sarmiento, "el impetuoso boletinero del Ejército Grande" como se refiere Carlos de Sanctis - con su pluma, asestaba recios golpes a la tiranía. El día 28 de diciembre Sarmiento se desplazó hacia  Rosario ocupando una casa ubicada en la esquina NE de Santa Fe y Comercio (hoy Laprida).
http://www.rosario.gov.ar/sitio/verArchivo?id=3568&tipo=objetoMultimedia
Así cuenta Sarmiento su llegada a Rosario en CAMPAÑA EN EL EJÉRCITO GRANDE: EL ROSARIO
"Descendimos el río, y el Blanco (barco) atracó a las barrancas del Espinillo, puerto intermedio entre el convento de San Lorenzo y la villa del Rosario. (…). ¡A caballo, en la orilla del Paraná, viendo desplegarse ante mis ojos en ondulaciones suaves pero infinitas hasta perderse en el horizonte, la Pampa que había descrito en el Facundo, sentida, por intuición, pues la veía por la primera vez de mi vida! …Permítame el lector contar todo como ha sucedido…. Seis personas encontré que regresaban a la villa del Rosario…. Acerquéme a uno, y dije: Ud. perdone, señor. ¿Supongo que son Uds. vecinos del Rosario? Y a un signo afirmativo: ¿a quién debo dirigirme para que se prepare una casa para la Imprenta del Ejército? -¿Es Ud. el señor Sarmiento? Y con mi asentimiento todos se descubrieron, cambiando las maneras respetuosas pero indiferentes en las manifestaciones más vivas de simpatía, y me parece que algo de entusiasmo. Me dijeron que no pensase en nada, que ellos se hacían un deber de arreglarlo todo, y se despidieron llevando al Rosario la noticia de mi arribo.Al día siguiente fuime, en efecto, al Rosario, donde me estaba destinada y preparada la casa de Santa Coloma (nota: la referida de Santa Fé y Laprida), una de las más cómodas y capaz de hospedar veinte personas.El juez de paz D. Marcelino Bayo y los comerciantes vecinos acudieron en el acto, y cuanto la hospitalidad más exquisita y la buena voluntad pueden, se puso a mi disposición. Un señor Maldonado vecino, me decía: Esa gente que pasa mirando es por verlo, porque todos saben que ha llegado. Sus escritos de Ud. los saben de memoria todos. Argirópolis lo tienen hasta los soldados; y los que nada han leído saben por la Gaceta, que es Ud. el enemigo más terrible que ha tenido Rosas.
El día pasó en acomodarnos. El Blanco (el barco) echó a tierra la pesada imprenta (..) y en la tarde, estaba armada y las cajas listas para funcionar. La noche llegaba, oyóse resonar la música a lo lejos y, aproximándose cada vez más y más, entraron en las piezas de habitación de la casa de Santa Coloma el Juez, el Cura, el Comandante, seguidos de todos los oficiales, de dos sacerdotes más, de todas las personas visibles de la población, ocupando la calle, zaguanes, etc., el batallón de milicias, las mujeres, los niños del lugar. Era una manifestación, una serenata. El lector creerá que la fatuidad de ser el objeto de ella se apoderó de mí. Yo no vi más que el peligro de este paso, y traté de precaverme desde luego. Algún entusiasta salió a la puerta y gritó: ¡Viva el general Urquiza, el libertador de la Confederación Argentina! ¡Viva el coronel Sarmiento, el Defensor de los Derechos de los Pueblos, el amigo del Rosario!(...) ¡Bárbaros! me decía yo a estos gritos a que respondía la multitud con descargas cerradas de vivas, ¡me están asesinando! ¡me van a sofocar con sus abrazos! Y los gritos seguían, y lo que era peor es que el orador popular, un militar, decía cosas muy buenas, y muy bien sentidas(….) La cosa se prolongaba, y uno de los circunstantes se me acercó y me dijo que todos querían oírme hablar(…)Pero yo pensaba en las consecuencias, y no quería largar prendas a los comentarios de la maledicencia y aun de la buena voluntad, pues los amigos hacen más mal con sus elogios que los enemigos en ciertas circunstancias(….) Al fin, tomé el partido de dirigirme hacia la puerta, arrastrarlos hacia la calle, acompañarlos hasta la plaza, despedirlos y disolver la reunión.Esa noche y al día siguiente( …) vinieron a decirme que habían quedado tan pesarosos y algunos un poco descontentos de que no hubiese querido dirigirles la palabra. Para complacerlos sin comprometerme, para probar que la prensa estaba lista en tierra, aprovechando el día, que era la víspera de un año nuevo, y la novedad de un impreso datado en el Rosario, di a componer una carta dirigida a los vecinos en que enumerando aquellas circunstancias decía que tenía el ánimo de establecerme en la orilla del Paraná.. Una vez impresa se la mandé (a Urquiza)  , diciéndole entre otras cosas: “Los vecinos del Rosario esperaban a “S. Exc., y como no viniese, han descargado su entusiasmo en el primero que se ha presentado. Ahí le mando una carta con que he contestado a estas gentes, por no saber otra cosa que decirles. Estoy contento con el Boletín. Distrae los ocios del campamento, pone en movimiento a la población, anima al soldado, asusta a Rosas, etc., etc.”(….) Nadie se dio por entendido entonces de los que estaban acechando y comprendiendo, y con algún pretexto salí a la calle, y me dirigí al Paraná, en busca de la serenidad que necesitaba para obrar. El Paraná corría como siempre, solemne, en silencio, inmenso, tranquilo. ¡Oh! Cuando las vicisitudes de la vida os opriman, lector, buscad el espectáculo de las cosas que son superiores a las vicisitudes humanas; el curso de los grandes ríos, las costas del mar, el perfil de las montañas. Yo me senté en la barranca y dejé vagar mis miradas sobre la superficie de las aguas, y media hora después, mi espíritu estaba rehecho, mi partido tomado, mi respuesta acordada conmigo mismo, ante este tribunal de la dignidad personal, de la justicia hollada, y ante la necesidad de no dejar ajar en mi persona el diputado al Congreso, el publicista…."

http://www.proyectosarmiento.com.ar/trabajos.pdf/canpania.pdf

 

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